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domingo, 12 de febrero de 2017

El Museo Nacional de Colombia, una obra arquitectónica con mucha historia


Paola Rueda Polo / Redacción
Carlos Amaya / Fotografías

Este año cumplió 193 años, es el museo más antiguo del país y uno de los más antiguos de América. Se encuentra ubicado en el Centro Internacional de Bogotá, entre la carrera séptima y la sexta, entre las calles 28 y 29.

Su actual sede, una edificación que nació con un fin totalmente diferente, tiene unas características arquitectónicas y de diseño espaciales y es el único de su tipo en la ciudad. Allí ya lleva 68 años y en su interior no solo alberga la historia del país, sino que el edificio en sí tiene muchos relatos que contar.


Su nacimiento


El Museo Nacional de Colombia nació por iniciativa de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, en una época en la que se libraban varias batallas para lograr la independencia. 

“La idea original del museo, que se llamaba Museo de Historia Natural y Escuela de Minas, era lograr un reconocimiento del territorio y de sus riquezas naturales y minerales y con ellas poder sustentar el proyecto de República que en ese entonces se estaba desarrollando”, cuenta Alejandro Suárez, monitor docente del área educativa y cultural del Museo Nacional.


Su inauguración fue el 4 de julio de 1824 en lo que era la antigua Casa Botánica, una edificación que hoy en día no existe y en donde actualmente quedan los jardines del Palacio de Nariño. 

Posteriormente, el Museo ocupó otras sedes como el edificio Pedro Alfonso López, lugar en el que se encuentra el Ministerio de Agricultura; la Casa de las Aulas, hoy sede del Museo Colonial; el edificio Pasaje Rufino Cuervo, que ya no existe; entre otras. 

Luego de los diferentes emplazamientos en los que estuvo, el Museo Nacional se trasladó a su actual sede en 1948.


El edificio, su arquitectura e historia

La construcción en la que se encuentra el Museo nació como una cárcel, conocida como el Panóptico de Cundinamarca aunque su nombre real era Penitenciaría Central de Cundinamarca. 

Fue diseñado hacia 1850, durante el primer gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, por el arquitecto danés Thomas Reed, quien también diseñó en Bogotá el Capitolio Nacional. Pero se construyó hasta 1874.

La palabra panóptico proviene de dos palabras griegas: pan, que significa todo, y óptico, que se refiere a la posibilidad de ver.

“El edificio no es un panóptico como el que se podría encontrar descrito en otros lugares, que se trata de una serie de edificios de forma circular con una torre de vigilancia en el centro donde el guardia tenía acceso para poder vigilar todas las celdas. En este caso se trata de un panóptico radial desde el cual los guardias desde el centro podían tener acceso no a todas las celdas, pero sí a una vista panorámica general de los rastrillos, que es donde hoy en día se encuentran las salas y donde anteriormente estaban ubicadas cada una de las celdas de los presos”, afirma Suárez.


La característica de panóptico radial se la da su forma en cruz. Su estilo arquitectónico es republicano, el cual está marcado por los arcos y las columnas. Y por el ancho de las paredes y la forma en la que se construyeron se nota una herencia española.


“La técnica de construcción se conoce como mampostería mixta. Y los mompostes son como esos elementos constitutivos, que en el caso del edificio son piedra y ladrillo”.


Sede del Museo Nacional

“Cuando inició la construcción de la cárcel, este lugar quedaba a las afueras de Bogotá. Conforme fue pasando el tiempo, el lugar empieza a quedar en el Centro Internacional que hoy conocemos y es necesario pensar entonces en una alternativa diferente para recluir a los prisioneros de la capital”, afirma Suárez. 

Por estar en el centro de la ciudad y por haber superado su capacidad de 204 presos, hacia 1940 se ve la necesidad de tener un espacio más grande y alejado, por lo que se piensa en el proyecto de La Picota. 


En 1946 trasladan los reclusos a la nueva cárcel y el Gobierno Nacional decidió que este edificio sería utilizado para fines culturales

Durante dos años se hicieron varias restauraciones e intervenciones arquitectónicas, entre ellas: las escaleras y la destrucción de cerca de 210 muros.


Su apretura como Museo se tenía prevista para el 9 de abril de 1948, “para poder tener un espacio digno donde los diferentes invitados de la Novena Conferencia Panamericana pudieran reconocer la historia del país”, comenta Suárez.

“Sin embargo, por lo sucedido ese día (el conocido ‘Bogotazo’ tras el asesinato del líder del Partido Liberal Colombiano Jorge Eliécer Gaitán) fue necesario abrir las puertas hasta el 2 de mayo del mismo año”, agregó.

Tras las reformas para su inauguración en 1948, ha tenido otras intervenciones y transformaciones para que el Museo funcione mejor pero siempre respetando la arquitectura original del edificio.


Características y oferta cultural

Una de las razones por las que se tomó la decisión de poner en esta edificación al Museo Nacional fue tener un espacio lo suficientemente amplio para albergar las colecciones.


Cuenta con 18 salas, una de exposiciones temporales y 17 salas de exposición permanente en las que se exhiben sus cuatro colecciones: arqueología, etnografía, historia y arte. También tiene el auditorio Teresa Cuervo Borda, en homenaje a la directora del Museo Nacional que lo instaló en esta sede, un espacio para talleres, un restaurante y dos jardines.

Además, “la iluminación del espacio y el clima del edificio en su interior permite que haya una conservación de las piezas, que es uno de los objetivos del Museo Nacional, poder garantizar la preservación y la conservación del patrimonio cultural que se encuentra almacenado al interior”, asegura Suárez.

Patrimonio nacional

El 11 de agosto de 1975, el Gobierno lo declaró patrimonio cultural de la nación.


“El edificio por sí mismo, aparte de su estilo arquitectónico, de la forma en que fue construido, tiene un valor fundamental para la historia de país”, pues la cárcel funcionó en momentos importantes para la historia de la nación como lo fueron la Guerra de los Mil Días, la guerra con Perú y otros conflictos del siglo XIX. Además, en sus paredes quedaron plasmados recuerdos de los presos que pasaron por el lugar.

Y precisamente por su importancia, “la curaduría del museo ha entendido que historia del panóptico, es fundamental. Entonces hay algunos lugares, como la bóveda de orfebrería, que ofrecen una pequeña mirada a esa historia a partir de una serie de grafismos. Lo mismo sucede en la sala número 16, donde se puede observar un espacio dedicado a una celda, en la que se encuentran exhibidos unos objetos que hablan sobre ese momento”, aseguró Suárez.


El último domingo del mes, que es el domingo de patrimonio, visitan el museo en promedio unas 3.500 personas.

viernes, 13 de enero de 2017

Alcocer: la mítica batalla en la que el Cid Campeador aniquiló a cientos de moros con un curioso engaño


Durante su primer destierro, Rodrigo Díaz de Vivar tomó una fortaleza ubicada cerca del Jalón tras 15 semanas de asedio. Hasta ahora, esta contienda navegaba entre la verdad y la invención, pero una excavación arqueológica ha desvelado su veracidad

Entre la historia y la leyenda. Así permanecía hasta ahora la batalla de Alcocer. Una contienda en la que Rodrigo Díaz de Vivar (más conocido por su apodo: el Cid Campeador) tomó con una curiosa treta una fortaleza inexpugnable ubicada cerca del Jalón. Todo ello, después de ser desterrado por el rey Alfonso VI. Según el «Cantar del Mio Cid» (el mítico poema que relata las hazañas de este personaje con más misticismo que verdad) el líder militar, al ver que no podía conquistar la plaza, decidió fingir una retirada. Para ello, levantó todo su campamento menos una tienda y, cuando los musulmanes se acercaron a investigar (dejándose las puertas de la fortaleza abierta) él y sus hombres les atacaron. El plan salió a pedir de boca.

Hasta ahora, se consideraba que la batalla de Alcocer había sido imaginada por el autor del cantar. Sin embargo, un nueva investigación desveló el pasado fin de semana que de mitológica no tuvo nada, y que -al menos- se sucedió. Y es que, una excavación llevada a cabo en Zaragoza acaba de descubrir un material hispano musulmán de entre los siglos XI y XII que podría pertenecer al asentamiento que asedió el Campeador. Por ello, hoy recordamos los pormenores de esta batalla y cómo se sucedió según los textos antiguos.

Reyes y parias


Para suerte cristiana, cuando el Cid empezó a levantar su espada contra los musulmanes estos andaban dándose de mandobles entre sí. Estaban divididos en multitud de reinos llamados «taifas». Cada uno de ellos, dirigido por un líder diferente ansioso por aplastar a sus compatriotas para evitar que adquiriesen poder.


Como explica José Luis Martín (catedrático de Historia Medieval) en su dossier «La espada de Castilla», los árabes eran «incapaces de unirse frente a los cristianos». Pero no solo eso, sino que también solicitaban alguna ayudita que otra a los seguidores de la cruz para lograr resistir los tortazos y, llegado el momento, atacar a sus compatriotas en venganza. Con ese percal, también pagaban tributos a sus enemigos para que no hicieran expediciones de castigo contra ellos.


«Para evitar sus ataques necesitaban pagar la protección de los cristianos, y reunían el dinero mediante una mayor presión fiscal que, con frecuencia, daba origen a motines y revueltas que eran dominadas nuevamente con ayuda de las tropas cristianas», añade el experto. Esto provocaba, a su vez, que los líderes musulmanes se vieran obligados a pedir todavía más dinero a los seguidores de Cristo. Algo que les convertía en deudores (todavía más si cabe).

Este curioso sistema económico (conocido como el de impuestos o «parias») fue de sumo interés para los reyes hispanos que azuzaban con la Reconqusita desde el norte. Y es que, a los cristiano este «dinerillo extra» les permitía llenar su bolsa de un oro que ahorraban para, posteriormente, crear su propio ejército y avanzar sobre las mismas regiones árabes que les pagaban.

En ese contexto vino el Cid al mundo. O más bien Rodrigo Díaz de Vivar (pues este era su nombre verdadero). Lo hizo en el año 1043 y como el noble de una familia menor. Una fortuna que le permitió entrar a los 14 años en la corte a las órdenes del príncipe Sancho, el primer hijo y heredero del rey Fernando I.

Dicen de él los cronistas que, además de ser todo un virtuoso de la espada, tampoco andaba mal en lo que a cocorota se refiere, ya que sabía leer, escribir y entendía de leyes. Al final, con poco más de una veintena de años, logró ascender en el escalafón medieval como vasallo y soldado hasta convertirse en el hombre de armas de su señor. Uno de los cargos más altos al que se podía llegar como militar.


Y así siguió hasta que comenzó el juego de tronos en la Península tras la muerte del Su Majestad Fernando en el 1065. ¿Por qué? Pues porque al monarca no se le ocurrió otra cosa que dividir sus dominios entre sus hijos. A Sancho, el primogénito, le cedió Castilla. Hasta aquí, todo correcto. El problema fue que a su retoño Alfonso le cedió las tierras de León, por entonces más fértiles.

El lio estaba armado. Poco después se inició una guerra entre ambos en la que el Cid acudió al campo de batalla bajo la bandera del que siempre había sido su principie y señor: Sancho. Ek enfrentamiento perduró durante varios años. «Al final, combatiendo en Zamora […] Sancho murió en el 1072», añade el experto. Que el primero de los herederos se fuera al otro barrio no pudo ser mejor para su hermano, que se quedó sus tierras y dio por finalizada la contienda con un (para él) feliz final.

El destierro


Cuenta la leyenda que Rodrigo, héroe de decenas de batallas, exigió entonces al rey Alfonso que jurara no haber tenido nada que ver con la muerte de su hermano. Lo hizo a cambio de ser su vasallo. La realidad, no obstante parece que fue diferente. Y es que, por mucho que nos guste imaginarnos a este héroe poniendo entre la Tizona y la pared a un monarca, poco tiene esto de verdad. Por el contrario, lo más probable es que (aunque las habladurías pueblerinas sí cargasen contra el de la corona), nuestro protagonista, simplemente, aceptase rendirle pleitesía para tener un señor por le que luchar. Algo tan necesario en aquellos años como contar con un buen filo con el que atravesar (o partir por la mitad) al contrario.

En todo caso, parece que no le fue mal al Cid como vasallo de Alfonso VI, pues fue nombrado juez por él en varias ocasiones, participó en campañas militares como la de Navarra, y fue destinado a cobrar las «parias» a los musulmanes. Y no es muy lógico dejar el dinero en poder de alguien del que, al fin y al cabo, no te fías.


Además, tampoco era extraño que, en plena corte, los mejores puestos fueran para aquellos que más lamían las botas a su señor y que le habían seguido desde sus inicios. El roce, que hace el cariño, como se suele decir. Sin embargo, el idilio del Campeador con el monarca fue breve.

Apenas duró hasta que nuestro protagonista tuvo un incidente militar con el conde García Ordóñez, quien tenía bastante mano dentro de la corte. Este, haciendo honor a su apodo («boca torcida», por su capacidad -según algunos autores- de introducir mentiras en cabezas ajenas) logró poner en contra a Rodrigo y al monarca. Todo ello, afirmando que el Cid se quedaba con parte de los tributos que recogía de los musulmanes.

Esa falacia, unida a alguna desavenencia más, provocó que el rey desterrara al Campeador de sus tierras. O lo que es lo mismo, que confiscase sus dominios y le mandase al quinto pino del reino con todo aquel que quisiera seguirle. «Alfonso VI desterró a Rodrigo en 1081, cuando este atacó a los musulmanes de Toledo, protegidos del rey», añade el experto en su dossier.

Desterrado, se vio obligado a ir de ciudad en ciudad alquilando su vida y la de sus hombres al mejor postor. «Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza. En el transcurso de ellos, Rodrigo siguió adquiriendo fortuna y renombre», explican los autores Richard A. Fletcher y Javier Sánchez García-Gutiérrez en su obra «El Cid». Fue precisamente en la jornada 16 de este destierro cuando el Cid llegó a la ciudad de Alcocer.


Alcocer y el campamento


A partir de este punto es en el que la mitología supera a la realidad y la fuente principal es el «Cantar del Mio Cid». Este poema deja escrito que Rodrigo llegó a esta población después de abandonar Castejón y saquear Alcarría (Guadalajara) y el valle del Tajuña. A partir de ese momento, y tal y como explica Alberto Montaner Frutos (de la Universidad de Zaragoza) en su dossier «La toma de Alcocer en su tratamiento literario: un episodio del cantar del Cid», el texto tan solo aporta alguna que otra pista que puede dar idea de dónde se hallaba concretamente la villa de Alcocer.

Así se puede leer en la versión actualizada del «Cantar del Mio Cid» elaborada por Frutos: «Cruzaron los ríos, entraron a Campo Taranz. por esas tierras abajo a toda velocidad, entre Ariza y Cetina mio Cid se fue a albergar; grande es el botín que obtuvo en la zona por donde va. No saben los moros que propósito tendrá. Otro día se puso en marcha mio Cid el de Vivar y pasó frente a Alhama, por la hoz abajo va, pasó por Bubierca y por Ateca, que está adelante, y junto a Alcocer mio Cid iba a acampar». ¿Dónde podría situarse el campo de batalla? En palabras del experto, es difícil saberlo, pues únicamente ubica vagamente la zona mediante algunos «vagos topónimos».

El texto no ahonda demasiado en la construcción del campamento ideado por el Cid para asediar la ciudad. Un emplazamiento del que se dice poco más que se edifica encima de un otero (un pequeño monte) «fuerte e grande» y al cual «agua no le puede faltar» porque «corre cerca el Jalón» (uno de los principales afluentes del Ebro).


En definitiva, se dice que la posición no podía ser mejor, pues contaba con inmediato acceso al líquido elemento y permitía a los sitiadores resistir un posible ataque realizado desde la urbe. Tampoco se explica de forma pormenorizada el tipo de campamento que se crea, del cual únicamente se da alguno que otro detalle: «Bien se planta en el otero, hace firme su acampada, los unos hacia la sierra y los otros hacia el agua. El buen Campeador, que en buena hora ciñó espada, alrededor del otero, muy cerca del agua, a todos sus hombres les mandó hacer una zanja, que ni de día ni de noche por sorpresa les atacaran, que supiesen que mio Cid allí arriba se afincaba».

En los siguientes versos, el cantar explica de forma supina como el Cid actuó como era menester por aquellos tiempos: sitió la ciudad de Alcocer y le solicitó tributos o «parias» a cambio de no atacarla. También hizo lo propio con algunas otras urbes de la zona, como Ateca y Terrer». El Campeador, de esta guisa (recibiendo más oro del que podía soportar su bolsa y atesorando riquezas) se mantuvo frente a las murallas de Alcocer más de dos meses. O, más concretamente, «15 semanas», en palabras del Cantar.

No obstante, Frutos hace hincapié en que no hay que llevarse a engaños, y el objetivo último de este guerrero no es otro que terminar conquistando la plaza debido a la supuesta «importancia estratégica» que se le da en el texto.

Con todo, algunos autores como Peter Edward Russell afirman en sus escritos que no hay que entender al Cid como un tirano que pretendía esquilmar la zona para luego conquistarla, sino como un estratega militar que entendía la importancia psicológica de asediar una plaza fuerte: «No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños. Parece que introdujo el tema de las parias con el fin de llamar la atención sobre el temor que sentía la guarnición al verse asediada por el Cid, pero sin atender debidamente a las consecuencias jurídicas de dicha introducción».

El plan


A las quince semanas el Cid se hartó de que Alcocer no se rindiese y pasó a la acción. ¿Qué se le pasó por la cabeza? Una curiosa estratagema para hacer salir a los defensores de la ciudad. Ordenó recoger todas las tiendas menos una y fingir una retirada. «La retirada tenía como objetivo desconcertar a los alcocereños e invitarles a aprovechar la situación abandonando el refugio de las murallas», añade el experto. ¿Por qué abandonarían estos la seguridad de su ciudad? Sencillamente, por las ansias de vil metal: las «parias» que el Campeador llevaba acumulando durante más de dos meses.

Así se narra este suceso en la versión modernizada de Frutos del poema: «Él hizo una estratagema, más no lo retrasaba: plantada deja una tienda, las otras se las llevaba, avanzó Jalón abajo con su enseña levantada, con las lorigas puestas y ceñidas las espadas, a guisa de hombre prudente, para llevarlos a una trampa. Lo veían los de Alcocer, ¡Dios, como se jactaban! -Le han faltado a mio Cid el pan y la cebada; las otras apenas se lleva, una tienda deja plantada; mio Cid se va de tal modo cual si en derrota escapara. Vayamos a asaltarlo y obtendremos gran ganancia, antes de que le cojan los de Terrer, si no, no nos darán de ello nada; la tributación cogida devolverá duplicada».

El plan había funcionado. El Cid había logrado que abandonaran la seguridad de su plaza fuerte. A su vez, la suerte le sonrió, pues «con las ansias del botín, de lo otro no piensan nada, dejan abiertas las puertas, las cuales ninguno guarda». De esta forma, el Campeador (cuyas fuerzas eran formadas por unos 300 hombres, atendiendo a las fuentes) solo tuvo que esperar hasta que sus enemigos (la mayoría, según se da a entender, soldados a pie) estuviesen lo suficientemente lejos de las defensas como para no poder retirarse si él iniciaba la carga.

La carga


A partir de este momento, existe cierta controversia en relación a la forma en la que el Cid atacó a los musulmanes. La versión modernizada de Frutos del «Cantar del Mio Cid» explica que cuando «el buen Campeador hacia ellos volvió la cara» y vio que «entre ellos y el castillo el espacio se agrandaba», ordenó girar la bandera, espolear los caballos, y cargar sin ningún pudor a sus hombres contra aquellos «infieles». «¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!». A partir de ese momento comenzó la verdadera batalla.

Tal y como señala el texto, los jinetes del Cid cargaron, con el Campeador y Álvar Fáñez (uno de los principales capitanes de Rodrigo) en cabeza: «Han chocado con ellos en medio de la explanada, ¡Dios, qué intenso es el gozo durante esta mañana! Mio Cid y Álvar Fáñez adelante espoleaban, tienen buenos caballos, sabed que a su gusto les andan, entre ellos y el castillo entonces entraban. Los vasallos de mio Cid sin piedad les daban». Poco más se dice de la contienda más allá de que cargaron a gritos mientras la retaguardia de los musulmanes trataba de regresar a la seguridad de Alcocer.

«En poco rato y lugar a trescientos moros matan. Los de delante los dejan, hacia el castillo se tornaban; con las espadas desnudas a la puerta se paraban, luego llegaban los suyos, pues la lucha está ganada. Mio Cid tomó Alcocer sabed, con esta maña». En el Cantar no se habla del número exacto de jinetes que llevaron a cabo el ardid (al menos en estos fragmentos), ni las bajas cristianas, por lo que siempre se ha supuesto que no se había sucedido ninguna. Al menos, en palabras del autor del «Cantar del Mio Cid».

Más allá de esta fuente, han sido muchos los autores que han tratado de explicar de forma pormenorizada cómo es posible que los musulmanes no tuviesen tiempo suficiente para regresar a la seguridad de Alcocer.

En base a los textos originales, Frutos es partidario de que el Cid dividió a sus tropas en dos unidades. La primera, encargada de atacar y entretener a los enemigos. La segunda, con órdenes de tomar la urbe. «El ardid consistía en una huida fingida que atrajera a los alcocereños a la lucha en campo abierto. Cuando esto se consiguió, el Cid y sus tropas dieron media vuelta y, gracias a una maniobra envolvente, obligaron a los musulmanes a permanecer luchando en el campo de batalla mientras la vanguardia del Campeador , encabezada por él y Minaya, se apoderaban de la plaza desguarnecida», explica.

Un final incierto


En todo caso, el Cantar explica que la batalla acabó cuando Pedro Bermúdez, soldado del Cid, puso en la parte más alta de las murallas la bandera de su señor. El Campeador, por su parte, no pudo contener la alegría. Aquella noche, al fin, dejaría la tienda de su campamento en favor de una cómoda habitación. «¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!».

A su vez, Rodrigo ordenó a sus hombres que no matasen a los prisioneros, pues estaban desarmados.

«Oídme, Álvar Fáñez y todos los caballeros: en este castillo un gran botín tenemos, los moros yacen muertos, vivos a pocos veo; a los moros y moras vender no los podremos, si los descabezamos nada nos ganaremos, acojámoslos dentro, que el señorío tenemos, ocuparemos sus casas y de ellos nos serviremos». La conquista había acabado bien. O eso parecía. Y es que, posteriormente, el señor de Valencia ordenó mandar contra Alcocer 3.000 musulamanes armados. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

miércoles, 11 de enero de 2017

La Guerra Fría: Orígenes Discurso de Churchill en Fulton: “La Cortina de Hierro” 5 de marzo de 1946


“Se presenta ahora una oportunidad clara y brillante para nuestros países respectivos. Negarse a admitirla, o dejarla marchitarse, nos haría incurrir durante mucho tiempo en los reproches de la posteridad (...) la edad de piedra puede presentarse bajo las alas deslumbrantes de la ciencia (...) Tened cuidado, os digo, es posible que apenas quede tiempo (...)

Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero. Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y oriental (...), todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú (...) Por cuanto he visto de nuestros amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más que la fuerza y nada respetan menos que la debilidad (...) Es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura.” 

Westminster College, Fulton, Missouri, 5 de marzo de 1946

sábado, 7 de enero de 2017

La herencia que los caballeros templarios le dejaron a la banca moderna

Desde hace más de 8 siglos es el hogar londinense de los miembros de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón.

En la concurrida calle Fleet de Londres hay un arco de piedra bajo el que quien quiera puede pasar para viajar atrás en el tiempo.

Unos pocos metros más adelante, en una apacible plaza, hay una extraña capilla circular y, al lado, en la cima de una columna, una estatua de dos caballeros montados en el mismo caballo.

Dos caballeros en un caballo, símbolo de pobreza y humildad.

La capilla es Temple Church -la iglesia del Templo-, consagrada en 1185 como el hogar en Londres de los miembros de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, más conocidos como los caballeros templarios.

Pero Temple Church no es sólo un lugar significativo arquitectónica, histórica y religiosamente.

Es también el primer banco de Londres.

Los caballeros templarios eran monjes guerreros, parte de una orden religiosa con una jerarquía inspirada en la teología, una declaración de principios y un código ético.

Pero también estaban dedicados a la guerra santa y armados hasta los dientes.

Entonces, ¿cómo fue que terminaron metiéndose en la banca?

Defendiendo los bienes


Los templarios se dedicaban a la defensa de los peregrinos cristianos a Jerusalén.

En 1095, el Papa Urbano II hizo una llamado para emprender la Primera Cruzada contra los musulmanes.

Jerusalén había sido conquistada en la Primera Cruzada en 1099 y, poco después, los peregrinos empezaron a llegar tras recorrer miles de kilómetros en su travesía por Europa.

Si eras uno de esos peregrinos, tenías un problema: de alguna manera debías tener lo suficiente para pagar meses de comida, transporte y techo, pero no querías llevar contigo grandes cantidades de dinero, pues te convertirías en blanco perfecto para los ladrones.

Afortunadamente, los templarios te podían cubrir la espalda.

Los peregrinos podían depositar su oro en Temple en Londres y retirarlo en Jerusalén.

En vez de cargar con su dinero, llevaban una carta de crédito: la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón fue la Western Union de las Cruzadas.


Dinero volador hecho en China


No sabemos cómo los caballeros templarios operaban el sistema ni de qué manera se protegían contra el fraude. ¿Será que usaban un código secreto que verificaba el documento y la identidad del viajero?

Es uno de tantos otros misterios sobre los templarios, una organización tan empapada de leyenda que alimentó sin problema la popular historia del "Código Da Vinci". De hecho, una de las escenas de la película fue grabada en Temple Church.

Lo que sí sabemos es que estos caballeros no fueron los primeros en el mundo en proveer este servicio.


Varios siglos antes, la dinastía Tang de China usaba fei qian飞 钱 -dinero volador-, un documento de dos partes que le permitía a los mercaderes depositar sus ganancias en una oficina regional y reclamarla en la capital.


El banco de reyes manejado por pobres


Sin embargo, el chino era un sistema operado por el gobierno.

Ese sentido, el de los templarios se asemeja más a los bancos privados modernos, aunque uno cuyo dueño era el Papa, aliado con reyes y príncipes europeos, y operado por una asociación de monjes que habían hecho votos de pobreza.

En cualquier caso, los templarios hacían mucho más que transferir dinero a lugares distantes.

Proveían además una gama de servicios financieros reconocidamente modernos.

Si querías comparte una bonita isla cerca de la costa occidental francesa -como la isla de Oléro que el rey Enrique III de Inglaterra adquirió en los años 1200- los templarios podían actuar como intermediarios en el negocio.

Enrique III le pagó 100 libras esterlinas al año durante cinco años al Templo en Londres y, cuando sus hombres tomaron posesión de la isla, los templarios se aseguraron de que el conde de la Marche recibiera lo que le correspondía.

¡Ah! ¿Y las Joyas de la Corona de Inglaterra que están en la Torre de Londres en la actualidad? En esa misma época estaban en el Temple, como garantía de un préstamo.

En ese caso, los templarios jugaron el rol de prestamistas, aunque al más alto nivel.

Cuando los caballeros ya no estaban


Los caballeros templarios no fueron los únicos banqueros europeos para siempre, por supuesto.

La orden perdió su razón de existir luego de que los cristianos europeos perdieron completamente el control de Jerusalén en 1244; los templarios fueron eventualmente desbandados en 1312.

¿Quién llenó el vacío que dejaron en la banca?

Si hubieras asistido a la gran feria de Lyon en 1555, habrías podido ver la respuesta.

Camino a la feria de Lyons cargados de seda del Lejano Oriente.

La feria de Lyon era el mayor mercado de comercio internacional de Europa y databa de los tiempos de los romanos.

Y en esta edición en particular, se estaba regando un chisme.


Ni se compra ni se vende


Era sobre ese mercader italiano... ¿lo ves?

Pues está haciendo una fortuna.

¿Cómo?

No compraba nada ni tenía nada para vender: todo lo que tenía era un escritorio y una escribanía. Y se sentaba ahí, día tras día de feria, recibiendo a otros mercaderes y firmando sus pedazos de papel.

De alguna manera, se estaba enriqueciendo mucho. Extraordinario. Y, francamente, para los locales, muy sospechoso.

Pero para una nueva élite internacional de grandes firmas de mercaderes europeos, las actividades de este italiano en particular eran perfectamente legítimas.

Cuando se reunían en las ferias, los banqueros atendían a la gente...

Tenía un rol muy importante: estaba comprando y vendiendo deudas y, al hacerlo, estaba creando enorme valor económico.

El sistema funcionaba así:


Un mercader de Lyon que quisiera comprar -por ejemplo- lana florentina podía acudir a su banquero para conseguir una letra de cambio. La letra de cambio era una nota de crédito, un pagaré.

Ese pagaré no era denominado en libras francesas ni liras florentinas. Su valor era expresado en écu de marc, una moneda privada utilizada por su red de banqueros internacionales.

Si el mercader lionés viajaba a Florencia -o enviaba a sus agentes-, la letra de cambio del banquero en Lyon sería reconocida por los banqueros en Florencia, quienes amablemente la cambiarían por moneda local.

A través de esta red de banqueros entonces, un mercader local no sólo cambiaba de moneda sino que importaba su capacidad crediticia de Lyon a Florencia, una ciudad en la que nadie había oído hablar de él.

Y ese era un servicio muy valioso.


Ayer y hoy


No extraña entonces que el misterioso banquero se estuviera haciendo rico.

Cada vez que se reunían en una feria, esta red de banqueros revisaban sus libros, ponían en orden sus cuentas y pagaban sus deudas.


Nuestro sistema financiero actual aún tiene mucho en común con ese sistema de antaño.

Un australiano con una tarjeta de crédito puede ir a un supermercado en Francia y pagar por sus compras.

El supermercado chequea con un banco francés que a su vez habla con un banco australiano y éste aprueba el pago, a sabiendas de que el cliente le pagará de vuelta.

Sin embargo, esa red de servicios bancarios siempre ha tenido un lado oscuro.


Ese lado menos claro


Al conectarse y tornar obligaciones personales en deudas que se podían comercializar internacionalmente, estos banqueros medievales estaban creando su propio dinero, y ese dinero privado estaba fuera del control de los reyes europeos.

Se habían vuelto ricos y poderosos, sin la necesidad de tener monedas acuñadas por ningún soberano.

Esa descripción suena familiar hoy en día.

La huella de los templarios aún es visible.

Los bancos internacionales están unidos en una red de obligaciones mutuas incomprensibles y difíciles de controlar.

Pueden valerse de su alcance internacional para evadir impuestos y regulaciones.

Y, como las deudas entre ellos son en un tipo de dinero privado muy real, cuando los bancos se tambalean, todo el sistema monetario se tambalea con ellos.

La furia de Felipe IV


Aún estamos tratando de entender qué se puede hacer con los bancos.

No podemos vivir sin ellos, al parecer, pero no siempre estamos seguros de querer vivir con ellos.

Los gobiernos siguen buscando la manera de mantenerlos a raya, a veces con una actitud de laissez-faire. Otras no tanto.

Sin embargo, pocos reguladores han sido tan fervorosos como el rey Felipe IV de Francia.

Le debía dinero a los templarios y estos se rehusaron a perdonarle la deuda. Entonces, en 1307, en donde hoy está la parada Temple del metro de París, el rey Felipe asaltó su Templo. Fue el primero de una serie de ataques en Europa.

Los caballeros templarios fueron torturados y forzados a confesar cualquier pecado que la Inquisición les asignó.

Rey Felipe IV de Francia ordenando la muerte con fuego de los templarios que "confesaron" sus pecados.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón fue disuelta por el Papa.

El Templo de Londres fue alquilado a unos abogados.

Y el Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de Molay, fue llevado al centro de París y quemado vivo públicamente.

Murió en llamas por no perdonar la deuda del rey. Eventualmente los banqueros se volverían tan poderosos como los reyes.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

sábado, 29 de octubre de 2016

El peor crimen de la religión


En una muestra de examen de conciencia sin precedentes, y aprovechando la cercanía del año 2000, que marcaba la celebración del jubileo de la Iglesia católica, en octubre de 1998, el papa Juan Pablo II convocó un tribunal especial de historiadores y académicos para celebrar un simposio que investigaría lo que él mismo denominó “una fase tormentosa en la historia de la iglesia”. El papa polaco se refería con estas palabras a la “Santa Inquisición”.

Pero ¿Qué era la Inquisición?

Bueno, la inquisición no era una sola, sino que se trataba de varias Instituciones dedicadas a neutralizar la herejía. Recordemos que en el medioevo la herejía muchas veces se castigaba con la pena de muerte.

Para facilitar la investigación del tribunal, el papa anunció la apertura pública de los archivos secretos de la Inquisición, que habían estado fuera del alcance de los académicos por más de 200 años.

El pontífice de 79 años de edad, se enfrentaba en ese momento a una de las cuestiones más cruciales de su trayectoria: ¿Debería la iglesia Católica pedir disculpas por los pecados cometidos durante la Inquisición?...

viernes, 23 de septiembre de 2016

Los cinco peores Papas de la historia



San Pedro, uno de los más notables y destacados discípulos de Jesús de Nazaret, es considerado el iniciador de la extensa y legendaria historia de la Iglesia Católica; a él se le atribuye también, ser el precursor del Papado. El propio San Pedro, fue el primer Sumo Pontífice, y desde la antigüedad hasta nuestros días, más de veinte siglos han pasado y doscientos sesenta y seis hombres se han relevado el digno cargo de ser la cabeza de la sacra Iglesia Católica.

Los historiadores y hagiólogos (estudiosos de la vida de los santos y los beatos) coinciden en que la historia del papado está signada por la leyenda, la gloria, la fe y la erudición; pero, también por los asesinatos, las conspiraciones, las guerras, los encubrimientos, la intriga y el pecado.

Esto quiere decir, que alguna vez, un Papa repartió entre los pobres la riqueza de su familia, y convirtió al catolicismo, cual sacerdote abnegado, varios pueblos paganos; pero otro Papa, violó peregrinas que visitaban la catedral de San Pedro y convirtió la antigua casa papal (El palacio de Letrán) en un burdel.

Hagamos pues, sin más preámbulos, un catálogo de los Papas menos virtuosos de los cuales se tenga registro:...

viernes, 24 de junio de 2016

El genocidio Armenio


Los argumentos a favor y en contra de llamar a la matanza de armenios como genocidio han generado fuertes confrontaciones entre diversos países durante décadas.

El parlamento alemán aprobó una resolución para llamar "genocidio" a la matanza de armenios durante la Primera Guerra Mundial, generando el rechazo de Turquía, que advirtió que esta decisión podría afectar las relaciones entre los dos países.

Algo parecido ocurrió hace una década, cuando el parlamento francés aprobó una ley similar. Pero ¿por qué genera tanta controversia en Turquía el declarar como "genocidio" a la masacre? Lo contamos en este artículo que fue publicado en nuestra página el 24 de abril del año pasado, con motivo de los 100 años del trágico suceso.

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Hace exactamente cien años empezó uno de los episodios más sangrientos y debatidos de la historia de Turquía: la matanza de ciudadanos armenios durante la Primera Guerra Mundial, lo que algunos describen como el "genocidio armenio".

La calificación de aquellos asesinatos masivos genera fuertes tensiones con Turquía, que es la heredera política del Imperio Turco Otomano responsable de la matanza, pero que se niega a reconocer que haya sido un "genocidio", como sí hacen algunos académicos, gobiernos y organizaciones internacionales.

Mientras tanto muchos historiadores han planteado argumentos que ponen al descubierto otras versiones de lo ocurrido.

¿Qué ocurrió entre 1915 y 1916 y por qué es tan difícil asimilar este episodio en la vida de ambos pueblos?.

Los hechos


Existe un acuerdo general de que decenas de miles de armenios murieron cuando los responsables del entonces Imperio Turco Otomano los deportaron en masa desde la región de Anatolia oriental hacia el desierto de Siria y otras partes, entre 1915 y 1916.


En diferentes ciudades se han producido actos y homenajes en recuerdo de los fallecidos en la matanza.

Los armenios fueron calificados como colaboradores de Rusia, país que enfrentaba a los otomanos en la región del Cáucaso.

En el trayecto fueron sometidos a maltratos, algunos murieron de hambre o enfermedades y otros fueron asesinados.

El número total de víctimas está en discusión. Para los armenios la cifra asciende a 1,5 millones de muertos. En la República de Turquía -heredera del desaparecido imperio- se habla de un estimado que gira alrededor de 300.000 personas.


De acuerdo con la Asociación Internacional de Investigadores sobre Genocidio, AIIG, el total supera el millón de fallecidos.

Así, entre 1915 y 1923 más de un millón y medio de armenios fueron deportados y masacrados. Hasta ahora todos los dirigentes que gobernaron Turquía desde entonces han rechazado el término genocidio. Todavía hoy Turquía sostiene que se trató de una guerra civil, esgrimiendo como argumento los fuertes lazos que existían entre armenios y rusos.

En una carta enviada en 2005 al entonces primer ministro de Turquía, Tayyip Erdogan -ahora presidente del país-, la AIIG, señaló que "queremos resaltar que no sólo se trata de armenios los que afirman que hubo un genocidio de armenios, sino que también es la opinión de una abrumadora cantidad de estudios académicos".

Sin embargo, la “Cuestión armenia” era para los líderes del Imperio Otomano una preocupación de vital importancia. Ya a finales del siglo XIX, Grecia, Serbia, Rumania, Montenegro, Bulgaria y Moldavia habían alcanzado su autonomía, y los líderes del Imperio Otomano no estaban dispuestos a permitir un mayor desmembramiento. Así, entre 1894 y 1896 fueron asesinados más de 300.000 armenios. También en 1909 se produjo la masacre de Adaná, donde fueron asesinados entre 15.000 y 30.000 armenios.


¿Qué es genocidio?


El artículo número dos de la Convención sobre Genocidio de 1948, de la Organización de Naciones Unidas, describe genocidio como las acciones llevadas a cabo con la intención de "destruir, total o parcialmente, una nación, una etnia, raza o grupo religioso".

Tanto el gobierno de Armenia, como la díáspora armenia han presionado para que se califique como "genocidio" lo sucedido con su pueblo.

¿Las matanzas fueron sistemáticas?


Existe una discusión sobre si hubo centros de exterminio o si las matanzas fueron organizadas.

Muchos historiadores, gobiernos y armenios creen que sí los hubo, pero algunos investigadores académicos cuestionan este punto.

Raphael Lemkin, un abogado polaco-judío que coincide con el término genocidio para este caso, señala que las atrocidades contra los armenios son comparables con las masacres realizadas por los nazis contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Las autoridades turcas aceptan que se cometieron atrocidades, pero rechazan que hubiese la intención sistemática de destruir a los cristianos armenios.

De hecho, afirman que muchos turcos musulmanes también murieron durante lo que definen como el caos de la guerra.

¿Cuál fue el contexto político?


Los Jóvenes Turcos, un movimiento de oficiales que dio un golpe de estado en 1908, lanzó una serie de medidas contra los armenios, mientras el imperio otomano se estremecía ante las sucesivas derrotas militares sufridas durante diversos conflictos.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial en 1914, Jóvenes Turcos, que luego se autodenominó Comité de Unidad y Progreso, se unió a Alemania para combatir a los Aliados.

La propaganda turca de ese entonces mostraba a los armenios como saboteadores y como una "quinta columna" al servicio de los rusos.


Los armenios tienen el 24 de abril de 1915 como la fecha de inicio de lo que denominan el genocidio. Ese día fue cuando el gobierno turco otomano arrestó cerca de 50 intelectuales y líderes comunitarios armenios, los cuales serían ejecutados posteriormente.

Es en ese contexto cuando comenzaron las matanzas.

Los armenios tienen el 24 de abril de 1915 como la fecha de inicio de lo que denominan el genocidio.

Ese día el gobierno otomano arrestó cerca de 50 intelectuales y líderes comunitarios armenios, los cuales serían ejecutados posteriormente.

Los integrantes del ejército turco que eran armenios fueron desarmados y asesinados. Las propiedades de los armenios fueron confiscadas.


¿Alguien ha sido señalado como responsable?


Entre 1919-20 una serie de oficiales otomanos fueron enjuiciados en Turquía por sus supuestos vínculos con las atrocidades cometidas.

Mehmed Kemal, un gobernador local, fue encontrado culpable y ahorcado por asesinatos en masa registrados en el distrito de Yozgat, en Anatolia central.

Para ese entonces el triunvirato que comandaba el movimiento Jóvenes Turcos –llamado los "tres Pashas"- había huido. Ellos también fueron enjuiciados en ausencia y sentenciados a muerte.

Algunos historiadores han cuestionado el proceso judicial que se llevó a cabo durante esos juicios, así como la calidad de la evidencia presentada contra los acusados y el grado en el que las autoridades turcas quisieron aprovechar esa oportunidad para mostrarse al lado de los Aliados, bando victorioso al final de la Primera Guerra Mundial.

¿Quién reconoce el "genocidio"?


En la actualidad existen más de 20 países que reconocen oficialmente estos sucesos como "genocidio", entre los que figuran Argentina, Bélgica, Canadá, Francia, Italia, Rusia y Uruguay.

El Parlamento Europeo y la Sub-Comisión de las Naciones Unidas para la Prevención de Discriminación y Protección de las Minorías también lo han reconocido.

En naciones como Estados Unidos, Reino Unido e Israel, no se utiliza el término genocidio para describir las matanzas contra los armenios.

La disparidad de posiciones diplomáticas ha generado enfrentamientos con Turquía.


El Papa Francisco llamó a estos sucesos como “el primer genocidio del siglo 20”.

Por ejemplo, recientemente el Papa Francisco llamó a estos sucesos como "el primer genocidio del siglo 20".

Esto motivó a que el gobierno turco retirara a su embajador en el Vataicano y acusara al Papa de "discriminar en el sufrimiento de las personas".

En su opinión, "el Papa desestimó las atrocidades que turcos y musulmanes sufrieron durante la Primera Guerra Mundial y sólo resalta el sufrimiento de los cristianos, especialmente de los armenios", señaló el canciller de Turquía.

En 2006, Turquía condenó la posición del parlamento de Francia, el cual aprobó una propuesta para declarar como crimen la acción de rechazar el "genocidio" armenio.

En 2012, la propuesta se convirtió en ley, pero fue suspendida por el más alto tribunal constitucional de Francia.

Turquía también ha tenido roces diplomáticos con Estados Unidos. En marzo de 2010, el embajador turco fue llamado por su país en protesta por la decisión del congreso estadounidense de aprobar una resolución que tipifica los sucesos como "genocidio".

El gobierno de Barack Obama objetó esta iniciativa y ha solicitado que la resolución no sea confirmada por el cuerpo en pleno del Congreso.

¿Cuál ha sido el impacto político de estas disputas?

La matanza ha sido definida como el punto inicial de la historia moderna de Armenia, uniendo a la diáspora repartida por el mundo.

En Turquía el debate público sobre este tema ha sido suprimido.


La matanza es calificada como el punto inicial de la historia moderna de Armenia, sobre el cual hay un museo en Ereván, capital del país. En Turquía el debate público sobre este tema ha sido suprimido.

El artículo 301 del código penal, relacionado con ofensas a la cultura turca, es comúnmente empleado al momento de acusar jurídicamente a prominentes escritores que han abordado abiertamente la matanza de armenios.

Entre los acusados figuró Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel, y Hrant Dink, un editor de un periódico bilingüe (turco y armenio), quien fue asesinado a tiros en el 2007, por un joven de tendencia ultra-nacionalista.

La Unión Europea ha dejado en claro que aceptar lo ocurrido como "genocidio" no ha sido una condición para que Turquía entre al bloque.

¿Continúan congeladas las relaciones entre turcos y armenios?

Luego de décadas de hostilidades, las relaciones parecen descongelarse levemente.

Turquía y Armenia firmaron un acuerdo en octubre de 2009 para el restablecimiento de relaciones diplomáticas y la reapertura de su frontera común.

No obstante, este tratado debe ser ratificado por los parlamentos de cada país, y ya se han producido acusaciones en Ankara (capital turca) sobre las intenciones de los armenios de cambiar los términos pactados.

Adicionalmente existe un elemento perturbador y es la mutua sospecha sobre el conflicto Nagomo-Karabaj.

Luego de la desintegración de la Unión Soviética, Azerbaiyán y Armenia se enfrentaron por el control de Nagomo-Karabaj, territorio en manos de una etnia armenia que se declaró independiente en 1991.

Armenia defendió esa independencia con presencia militar, mientras que Azerbaiyán no la reconoció y demandó la retirada del ejército armenio. Turquía apoyó a Azerbaiyán en la disputa, por lo que es un tema pendiente.


Los armenios tienen el 24 de abril de 1915 como la fecha de inicio de lo que denominan el genocidio.

Compartimos aquí las escalofriantes palabras de Nazim Fehti, secretario general del Comité de Unión y Progreso (CUP), que en 1910, cinco años antes del comienzo del genocidio, llamaba a abstenerse de la conciencia y de los sentimientos humanitarios para aniquilar al pueblo armenio. Además proponía sin tapujos: “Las riquezas de los armenios pasarán a ser propiedad del gobierno turco”.

“Propongo al Congreso el exterminio total de los armenios del Imperio otomano; es necesario aniquilarlos. Para llevar a cabo este propósito hay que actuar, frente a todas las dificultades, absueltos de conciencia, de sentimientos de humanidad, pues la cuestión no es de conciencia ni de sentimientos humanitarios: es sólo de índole política, íntimamente vinculado con el beneficio y futuro de Turquía.
Así terminará inmediatamente la Cuestión Armenia.
El gobierno turco se liberará de la intromisión extranjera en sus asuntos internos.
El país se desembarazará de la raza armenia y así brindará un amplio campo a los turcos.
Las riquezas de los armenios pasarán a ser propiedad del gobierno turco.
Anatolia será territorio habitado exclusivamente por turcos.
Se aplastará el obstáculo más importante para el logro del ideal panturánico.”

Nazim Fehti, secretario general del CUP. Declaración aprobada por unanimidad en el Congreso de Salónica desde el 31 de agosto hasta el 14 de septiembre de 1910

Fuente: BBC y elhistoriador.com.ar

domingo, 19 de junio de 2016

Cómo el gobierno colonial británico dejó morir de hambre a un millón de indios

Un grabado antiguo de las víctimas de la hambruna en India, 1885


Este ha sido un verano difícil en India.

Una sequía y un calor abrasador han afectado a 330 millones de personas en todo el país, una cantidad increíble.

Pero este verano también marca el 150 aniversario de un evento climático mucho más terrible y catastrófico: la hambruna de Orissa de 1866.

Hoy en día casi nadie está enterado de esta hambruna. Escasamente se menciona, aún en los tomos más extensos de historia india.

Habrá pocas, tal vez ni una sola conmemoración solemne. Sin embargo, la hambruna de Orissa mató a más de un millón de personas en el este de India.

Hambruna en India, 1900

En la región peor afectada, el estado de Orissa, una de cada tres personas murieron, una tasa de mortandad mucho más impactante que la que resultó de la gran hambruna irlandesa, causada por una peste que afectó los cultivos de papa y devastó a ese país.

La hambruna de Orissa también se convirtió en un importante momento coyuntural en el desarrollo político de India, estimulando discusiones nacionalistas sobre la pobreza india. Algunas tenues memorias de estos debates resuenan todavía en medio de los operativos de asistencia a los afectados por la actual sequía.


"Ninguna asistencia era la mejor asistencia"


Aunque la hambruna no era un evento desconocido en el subcontinente asiático, sí aumentó en frecuencia y mortalidad con la llegada del gobierno colonial británico.

La Compañía Británica de las Indias Orientales contribuyó a la destrucción de las otrora robustas industrias textiles indias, forzando cada vez más gente hacia la agricultura.

Esto, a su vez, hizo que la economía de India fuera más dependiente de los caprichos de los vientos monzones estacionales.

Hace 150 años, tal como es el caso con la actual sequía, el primer mal augurio llegó en la forma de un débil monzón.

"Tememos que ya no se puede esconder que estamos al borde de un período de escasez generalizada", anunció The Englishman, un diario de Calcuta, a finales de 1865.

La prensa india y británica publicaban reportajes del incremento de los precios,la reducción de las reservas de grano y la desesperación de los campesinos que ya no podían pagar por el arroz.

No obstante, nada de esto logró que el gobierno colonial tomara acción. A mediados del siglo 19, la creencia económica establecida era que la intervención del gobierno en hambrunas era innecesaria y hasta dañina.

Se pensaba que el mercado restablecería el equilibrio necesario. Cualquier número excesivo de muertes, de acuerdo a los principios económicos de Thomas Robert Malthus, era la respuesta de la naturaleza a la sobrepoblación.

Fotografía de la hambruna en India de 1900.

Esta lógica había sido utilizada con efectos devastadores dos décadas atrás en Irlanda, cuando el gobierno británico decidió, por la mayor parte, que no dar asistencia era la mejor asistencia.

Durante una rápida visita a Orissa en febrero de 1866, Cecil Beadon, el gobernador colonial de Bengala (que incluía a Orissa), adoptó una postura similar. "Ningún gobierno puede hacer mucho para evitar o aliviar estas vicisitudes de la providencia", expresó.

"Muy tardía y muy podrida"


El regular los precios disparados de los granos arriesgaría alterar las leyes naturales de la economía. "Si intentáramos hacer esto", dijo el gobernador, "me estaría rebajando al nivel de un dacoit (un bandido birmano) o un ladrón".

Con esas palabras, Beadon abandonó a sus demacrados súbditos en Orissa, regresó a Calcuta y se dispuso a suprimir los esfuerzos de asistencia programados con financiamiento privado.

En mayo de 1866, ya no era fácil ignorar la creciente catástrofe en Orissa. Los administradores británicos en Cuttack (la antigua capital de Orissa) encontraron a sus tropas y agentes de policía famélicos.

El resto de los habitantes de Puri estaban excavando fosas en las que tiraban los cuerpos de los muertos. "Por kilómetros a la redonda escuchabas sus gritos pidiendo comida", comentó un observador.

A medida que llegaban a cuentagotas más testimonios desgarradores a Calcuta y Londres, el gobernador Beadon hizo un intento tardío de importar arroz a Orissa. Pero, con cruel ironía, fue entorpecido por un excesivo monzón e inundación.

La asistencia fue muy poca, muy tardía, muy podrida. El pueblo de Orissa pagó con sus vidas el burocrático arrastrar de los pies.

Durante años, una creciente generación de indios educados en Occidente sostuvo que el gobierno colonial británico estaba empobreciendo gravemente a India. La hambruna de Orissa sirvió como prueba contundente de esta tesis.

Motivó al pionero nacionalista Dadabhai Naoroji a iniciar sus investigaciones de toda una vida sobre la pobreza india.

Víctimas de la hambruna en India (imagen sin fecha)

Cuando la hambruna empezó a ceder a comienzos de 1867, Naoroji esbozó la primera versión de su "teoría de la sangría"; la idea que Gran Bretaña se estaba enriqueciendo literalmente de chupar la sangre vital de India.

"Sin duda tenemos mayor seguridad de vida y propiedad, en estos tiempos", reconoció. "Pero la destrucción de un millón y medio de vidas en una hambruna es una extraña ilustración del valor de la vida y propiedad que se ha asegurado hasta ahora".

Indiferencia


Su argumento era sencillo. India tenía suficientes suministros de comida para alimentar a los famélicos, ¿por qué los estaba dejando morir el gobierno?

Mientras en Orissa morían en masa en 1866, Naoroji se percató de que India había exportado unos 100 millones de kilos de arroz a Gran Bretaña.

Descubrió un patrón similar de exportación masiva durante otros años de hambruna. "¡Dios santo!", declaró Naoroji, ¿Cuándo terminará esto?"

No terminó nada pronto. Las hambrunas reincidieron en 1869 y 1874. Entre 1876 y 1878, durante la hambruna de Madras, entre cuatro y cinco millones de personas murieron después de que el virrey, Lord Lytton, adoptara una política de no meterse similar a la que se usó en Irlanda y Orissa.

Para 1901, Romesh Chunder Dutt, otro destacado nacionalista, enumeró 10 hambrunas masivas desde los años 1860, calculando el total de muertos en unos exorbitantes 15 millones.

Los indios eran para entonces tan pobres y el gobierno tan indiferente en su respuesta que, según él, "cada año de sequía era un año de hambruna".

Una aldea india de un distrito afectado por la hambruna. (Imagen sin fecha)

Una India más rica, menos dependiente de la agricultura, está ahora mejor capacitada para asegurarse de que esto no ocurra.

Aunque todavía perduran problemas significativos: la Corte Suprema de India recientemente reprendió algunos gobiernos estatales por su actitud de "esconder la cabeza en la tierra" frente a la actual sequía.

Por estas razones, es aún más importante recordar la hambruna de Orissa. Este desastre humanitario, y los otros que le siguieron, estimuló a los indios a luchar contra el gobierno colonial británico.

El estructurar e implementar una fuerte política nacional contra la sequía, como lo ha ordenado la Corte Suprema, será una manera justa de conmemorar el millón de indios que perdieron la vida hace 150 años.