jueves, 28 de julio de 2016

¿Fiasco millonario? PAK FA, el caza ruso contra EEUU que no acaba de despegar

Planeado a partir de los años 80 como una respuesta al programa estadounidense que acabó por crear el F-22 Raptor, este caza ruso acumula retrasos y sobrecostes

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26.07.2016 – 05:00 H.

El flamante PAK FA es la respuesta rusa a los avances estadounidenses en aviones furtivos y se desarrolló a partir de los excelentes Su-27 Flanker y derivados, a los que supera en múltiples aspectos. Pero los inadecuados motores que utiliza actualmente, el retraso en el desarrollo de los definitivos y el aumento de los costes amenazan con acabar con el proyecto antes de tiempo o con limitar su número hasta hacerlo irrelevante.

Unos lo consideran un superavión de combate capaz de merendarse sin esfuerzo a los F-35 Lightning II e incluso de poner en riesgo a los F-22 Raptorestadounidenses con su capacidad furtiva sumada al supercrucero y la supermaniobrabilidad; para otros va camino de convertirse en un fiasco con las fuerzas armadas indias (que financian la mitad de su desarrollo) recelosas y exigiendo responsabilidades y una planta motriz insuficiente y problemática. 

La historia del PAK FA empieza con el colapso de la Unión Soviética, que se llevó por delante el primer intento de su industria por desarrollar un caza de Quinta Generación: el MiG 1.44. Planeado a partir de los años 80 como una respuesta al programa estadounidense que acabó por crear el F-22 Raptor, el MiG 1.44 sufrió numerosos retrasos, con la consecuencia de que el único prototipo sólo consiguió volar en el año 2000, cuando la URSS ya no existía.


Su cancelación hizo imperativo el desarrollo de un nuevo proyecto en Rusia, que se inició con un contrato para Sukhoi en el 2002. El objetivo, un caza con características furtivas dotado de supercrucero (mantener velocidad supersónica sin postcombustión), supermaniobrabilidad (capacidad de realizar maniobras como la Cobra de Pugachev) sensores avanzados (incluyendo 'datalink' para compartir información entre aviones) y aviónica integrada. La base, la excelente familia Su-27. Y el rival a igualar, o mejor aún batir, el F-22.

El diseño se retrasó en varias ocasiones, pero el avión era tan prometedor que a partir de 2009 la India se incorporó a su financiación con idea de desarrollar una versión propia con diferentes equipos electrónicos adaptada a sus necesidades: el HAL FGFA. Inicialmente, el gobierno indio puso 295 millones de dólares para un avión que debía estar listo en 2016 (fecha que más tarde se retrasó a 2018).

La posible presencia del PAK FA en Rusia e India es una seria amenaza para el dominio del espacio aéreo del que depende la estrategia militar estadounidense

La idea era que Rusia comprara alrededor de 200 ejemplares en lotes de 50 y la India otros tantos entre monoplazas y biplazas, con la posibilidad de desarrollar más tarde una versión embarcada. Para la firma del contrato, en 2010, el primer prototipo del oficialmente conocido como T-50 ya había realizado su primer vuelo. Y los observadores internacionales reaccionaron con sorpresa, admiración y temor.

El PAK FA, o T-50, es un bimotor con doble deriva de cola muy inclinada hacia fuera y estabiladores horizontales de movimiento completo, con un diseño de ala integrada en el fuselaje. El ala tiene planta romboidal con LERX y los motores están muy separados dejando espacio para cuatro bodegas de armas (dos rectangulares y dos triangulares) capaces de llevar cuatro misiles de largo alcance y dos de corto en su interior, a salvo del radar; el espacio es suficiente para cargar una gran variedad de misiles y bombas. Además, lleva un cañón de 30mm en la raíz alar derecha.


El amplio hueco entre los motores alberga tanques de combustible que dan al aparato un rango muy superior al del Raptor. El diseño incluye un 25% de materiales compuestos en peso; el 70% de la superficie es de este tipo de material. Toda la zona de proa está cuidadosamente esculpida en facetas diseñadas para dispersar ondas de radar dificultando que den eco; las tomas de aire de los motores son de tipo serpentino para evitar que el disco de las turbinas actúe como reflector electromagnético. Asimismo, para que no se produzcan otro tipo de efectos de concentración, las ranuras de los paneles del recubrimiento están alineadas en determinados ángulos y las superficies cuentan con materiales antirradar.

La cúpula de la carlinga está recubierta con un tratamiento especial para evitar reflejos radáricos; la cabina es del tipo ‘de cristal’ con paneles planos para transmitir la información, un HUD de amplio campo de visión y aviónica avanzada con fusión de sensores y un casco inteligente para el piloto además de 'datalink' para compartir información. Los sensores incluyen un avanzado radar AESA con antenas laterales para ampliar el campo de cobertura y un receptor infrarrojo pasivo (IRST) montado en una torreta rotativa para ocultarlo cuando no está en uso y que cuenta con un sensor facetado.


Con todas las medidas furtivas se estima que, desde el frente, la sección radar del aparato es 30 veces menor que la de un Su-27 y está entre 10 centímetros y 1 metro, comparable a la de un F-22 Raptor. Los motores disponen de toberas vectoriales con capacidad 3D lo que, combinado con la depurada aerodinámica y el avanzado sistema de control, confiere supermaniobrabilidad al aparato. Los prototipos actuales llevan una versión avanzada de los que usa la familia Su-27.

Todas estas características dibujan un avión temible con características 'stealth' comparables con las del F-22, sensores al menos equivalentes para el combate más allá del rango visual (y algunos misiles rusos son muy eficientes) pero con mucha mayor maniobrabilidad para el combate cuerpo a cuerpo. Y muy superior, en casi todos los aspectos, al F-35 Lightning II al que podría derribar casi con impunidad.

El PAK FA es muy superior en casi todos los aspectos al caza F-35 Lightning II, al que podría derribar casi con impunidad

Para algunos analistas, la posible presencia del T-50 en elevados números en Rusia y la India es una seria amenaza para el dominio del espacio aéreo del que depende la estrategia militar estadounidense y occidental en general: según ellos la única solución posible es abandonar el programa F-35 y dedicar todos los recursos a desarrollar versiones más avanzadas del F-22. O renunciar al dominio aéreo en una potencial guerra con adversarios armados con T-50s.


Problemas, retrasos y sobrecostes


La cosa, sin embargo, no esta tan clara: los problemas y los retrasos se han acumulado y la crisis económica por la que pasa Rusia (producto del descenso de precios del petróleo y de las sanciones por el caos en Ucrania y la anexión de Crimea) ponen incluso en riesgo el futuro del programa. Los retrasos y los fallos de integración de sistemas son comunes en desarrollos tan ambiciosos pero, en este caso, el colapso de la URSS ha dejado a Rusia sin algunas factorías y recursos que ha tenido que reemplazar con mucho coste y gran despilfarro de tiempo. A pesar de los ocho prototipos que han sumado miles de horas de vuelo, del dinero indio y de esfuerzos a veces casi heroicos, es posible que las flotas de centenares de T-50s que temen las fuerzas aéreas de Occidente nunca se materialicen.

El principal problema siguen siendo los motores, pero las consecuencias se extienden a todo el avión. Los prototipos utilizan dos Saturn Izdeliye 117, unos derivados de potencia aumentada de los Saturn AL-31 que usa la familia Su-27 dotados con toberas orientables que mediante un ingenioso sistema ofrecen rotación en los tres planos. El modelo es muy similar al Saturn 117S que utilizan los Su-35S e incorpora elementos para reducir su firma radar e infrarroja. Debido, quizá, a su uso el perfilado furtivo de la mitad posterior del avión es mucho menos eficiente, por lo que desde detrás es mucho más visible. 

A partir de 2020, está previsto que los aviones de producción utilicen un nuevo motor diseñado desde cero, el Izdeliye 30, con menos etapas de compresión, mayor fiabilidad y menor necesidad de mantenimiento. Está previsto que el Izdeliye 30 reemplace al 117 sin cambios en el fuselaje, pero aún no ha comenzado las pruebas de vuelo.

(Wikipedia)

De momento el Izdeliye 117 no ha provocado más que problemas, desde un embarazosa llamarada durante una exhibición, producto de un problema de turbina, al incendio de uno de los prototipos en tierra después de un vuelo. Además los motores no tienen suficiente potencia, lo que deja al aparato en sustancial desventaja respecto a sus potenciales enemigos e impide aprovechar su potencial aerodinámico. La Fuerza Aérea india ha mostrado su profundo desagrado por la situación; no sólo el aparato no cumple los plazos y las expectativas, sino que no les permiten acceso a su tecnología. Los rusos se han visto obligados a rebajar el coste de desarrollo para calmar a sus socios/clientes, que han recortado el número de aviones a comprar a unos 150.

Aun así, los costes suben y la crisis arrecia mientras los retrasos se acumulan. La Fuerza Aérea rusa ha anunciado un recorte de sus primeras compras que es, en realidad, un retraso de todo el programa. Si la situación económica empeora es posible que los rusos opten por expandir sus amplias flotas de derivados del Su-27, en especial del Su-35S que incorpora muchas de las tecnologías desarrolladas para el PAK FA pero en un paquete mucho más operativo.

Es posible que el PAK FA acabe en el mismo cementerio donde yacen el MiG 1.44 y otros proyectos rusos: cancelados por exceso de coste y poco interés

Esto supondría un duro golpe para India cuyo rival, China, desarrolla su propio J-20 con una filosofía diferente y cierto éxito. Con su impresionante aspecto y gran potencial de exportación al ofrecer características furtivas a un precio muy ajustado todavía es posible que el PAK FA, o T-50, acabe en el mismo cementerio donde yacen el MiG 1.44 y otros proyectos rusos: cancelados por exceso de coste e insuficiente interés. Lo cual sería una pena, porque es una maravilla de la técnica y, además, bonito.

¿Cómo fue el fusilamiento de Guillermo Gaviria Correa y Gilberto Echeverri?

El alcalde de Medellín, Anibal Gaviria, rinde hoy homenaje a su hermano asesinado por las Farc hace 10 años. El sargento Aranguren cuenta lo sucedido


El sargento Heriberto Aranguren toma mi mano, se la lleva a su cabeza y hurga su cráneo con mis dedos. Siento una cicatriz y luego un agujero. Allí reposan dos balas de AK47 desde el 5 de mayo de 2003. Eran las 11 a. m. cuando pelaba un bejuco con un cuchillo para hacerle un sombrero al gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa, con quien compartía cautiverio en un campamento del grupo guerrillero de las Farc cerca a Urrao, Antioquia. Con el cuchillo en la mano, Aranguren oyó un sonido y, asustado, alzó la mirada al cielo, como si se le hubiera aparecido un OVNI: la gran sombra negra de un helicóptero arriba del follaje. Vio, incluso, cómo se abría la puerta y descendía una soga, que quedó a cinco metros de altura del suelo empinado y fangoso del lugar.

‒Vaya pa’ la caleta a empacar ‒le gritó un guerrillero que estaba con él. El helicóptero, al ver que era difícil el descenso en esa zona, se retiró para aterrizar en un punto seguro, a veinte minutos de camino del campamento. A lo lejos, vio a Ricardo de Jesús Agudelo, alias ‘el paisa’, hablar y señalar a los guerrilleros con la mano. Aranguren pensó que estaba asignándoles a qué secuestrados debían vigilar durante el escape. Pero no. Con el primer disparo, Aranguren se metió de inmediato debajo de su cama, que había construido con palma de macana. Vio las botas de alias ‘el Pillo’, un guerrillero paisa que había sido sicario en Medellín. Le dio un tiro en la cabeza por encima de la cama, pero al ver que seguía vivo, disparó de nuevo. Aranguren sintió un golpe muy fuerte contra su cabeza, mucho calor y un pitido que a veces regresa cuando se recuesta en una cama. Se quedó inmóvil, pero consciente, y pudo oír cada uno de los disparos que les dieron a sus compañeros. Recuerda que el Gobernador de Antioquia gritó “¡muchachos, no nos maten!”.

‒¡Estoy herido, ayúdenme! ‒gritó Gilberto Echeverry Mejía, quien fue secuestrado junto al gobernador Gaviria el 21 de abril de 2002, durante una marcha que realizaban en Caicedo, zona rural de Antioquia, pocos meses después de ser nombrado gestor de paz del departamento. Los guerrilleros ya iban a más de diez metros de distancia del campamento, y entre el sonido de una cañada, alias ´’el Paisa’ oyó los gritos de Echeverry.


Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverry fueron secuestrado el 21 de abril de 2002 durante una marcha que realizaban en Caicedo, Antioquia. Luego, terminaron en el mismo campamento guerrillero donde estaba el sargento Aranguren.

‒Regresen y verifiquen ‒ordenó alias ‘el paisa’. Aranguren oyó disparos otra vez, sintió de nuevo los pasos de alias “el pillo”, su verdugo, y la punta del cañón sobre su fosa poplítea, como se le conoce a esa cavidad detrás de la rodilla. Ese nuevo disparo subió por su pierna, destrozó el fémur por completo y salió a tres centímetros de la línea de su cintura. Y luego volvió el silencio en la selva, acompañado de un pitido similar al que ataca a los rumberos en sus camas después de una noche de fiesta. Allí, Aranguren pensaba en su hija y en lo tonto que había sido por no haberse hecho matar antes para evitar los cuatro años de secuestro. “¡Tanto tiempo para terminar fusilado!”, pensaba, sin saber todavía que estaba vivo después de dos tiros en la cabeza y uno en la pierna. Todavía no había pensado que las balas se habían deformado y perdido fuerza gracias a las duras tablas de palma macana de la cama donde se había ocultado.

Pero esas tablas no sólo lo salvaron de ser una víctima más del AK47, quizá el arma de fuego que más muertes ha causado en la historia, con más de cincuenta millones de unidades fabricadas en 18 países y capaz de alcanzar un blanco a 285 metros de distancia. Ese tipo de madera, famosa por su dureza, le ayudó a pasar sus días de cautiverio.

Un día, el guerrillero alias ‘Leonardo’ le dijo a Aranguren que escogiera tres regalos. Él pidió una Biblia, un radio y un ajedrez, un juego que nunca había practicado antes de su secuestro. Con el tiempo se volvió un jugador avezado, al punto de que en las noches ya no pensaba en el secuestro, sino que soñaba con jugadas que pondría en práctica al día siguiente. Un día, fue tal su obsesión que empezó a modelar un tronco de palma macana con un cuchillo. Una moneda le sirvió de guía para darle redondez a la pieza. Después de varios días de pulir y pulir, seccionó la vara en 32 partes y empezó a tallar peones, caballos, alfiles, torres, reyes y reinas. Hoy, vestido de corbata, recostado en la silla de su oficina en el Programa de Desmovilización del Ejército Nacional, calcula que fabricó cerca de 200 ajedreces. Es decir, cerca de 3200 peones, 800 caballos, alfiles y torres, y 400 reyes y reinas, en cuatro años de secuestro. De hecho, alias ‘el Paisa’ le dijo que le fabricara uno grande, con fichas de más de veinte centímetros de altura, para enseñarle a jugar a sus hombres.

Sin embargo, su pasión por el ajedrez en el cautiverio fue tardía. Los dos primeros años no tenía otra ocupación que pensar y pensar, levantarse a las 3 a. m. a hacer estiramientos, trotar en un solo punto y verle la cara a los tres soldados que compartían con él un cajón de madera en el Nudo de Paramillo, de tres metros de ancho por tres de largo y 1,7 de alto. Él conocía bien esa zona y la guerrilla no podía arriesgarse a que huyera y delatara la posición del campamento. Los cinco habían sido capturados el 22 de junio de 1999, cuando pertenecían a la Compañía Córdoba orgánica del Batallón De Infantería No.31 RIFLES, con sede en Caucasia, Antioquia.

Por esos días, la población de Juan José Córdoba era el centro de enfrentamientos entre las Farc y los paramilitares. Por eso, Aranguren fue enviado el domingo 20 de junio de 1999 a la zona en tres camiones particulares, al parecer de ganaderos. Llegaron a la media noche y caminaron entre pantanos y potreros hasta las cuatro de la tarde del día siguiente, cuando decidieron acampar a las afueras del pueblo, obligados por la lluvia. Esa noche, Aranguren no durmió y todos los hombres estaban agotados. Al día siguiente, el martes 22 de junio, recibió la noticia de que iban a regresar a la base militar. Improvisaron un helipuerto en el campamento y Aranguren se subió junto a 24 hombres a un helicóptero ruso para el transporte de personal de una empresa petrolera de Caucasia. Sin embargo, el vuelo sólo duró cinco minutos. Pasó de una orilla a otra el río San Jorge, desembarcaron en un potrero y el helicóptero alzó vuelo de nuevo. Y fue atacado.

Aranguren se lanzó al suelo, pero el helicóptero no podía apoyarlos porque no tenía armamento. Eran las 11.20 a. m. Mientras Aranguren creía que iba a regresar a la base, los mandos militares en Montería habían dado la orden de seguir en la búsqueda de los guerrilleros. Vio caer a varios de sus hombres. Al que más recuerda lo mataron de un tiro en los testículos. Todo olía a pasto, pólvora y sangre. Un avión de combate llegó a apoyarlos, y la guerrilla se ensañó más contra ellos. Les disparaban con morteros de 60mm, granadas de fusil y de mano. De los 24 soldados que pasaron el río, sólo sobrevivieron cuatro. Muchos se suicidaron durante el combate. Aranguren confiesa que él mismo se puso el cañón en la boca, pero no fue capaz de jalar el gatillo. En cambio, se arrastró trescientos metros para huir, pero veía guerrilleros por todos lados. Pensó en hacerse el muerto, un guerrillero lo vio, los tiros estuvieron cerca de darle en la cabeza, las esquirlas le golpearon en la cabeza.

‒¡Auxilio! ‒gritó Aranguren.

‒¿Quién es usted?

‒Un soldado.

‒Párese, o contamos hasta tres y empezamos a disparar ‒dijo el guerrillero. Aranguren se empezó a levantar con los ojos cerrados para no ver la bala que creía que lo iba a matar. Le ordenaron que caminara con las manos arriba hasta la cerca sin hacer movimientos bruscos.

‒Tiéndase boca abajo ‒dijo el guerrillero cuando Aranguren llegó a su lado.

‒No me vaya a matar, soy un combatiente, no tengo armas.

‒No lo vamos a matar, lo vamos a requisar ‒y pasaron las manos por su cuerpo, primero boca abajo y luego boca arriba. Él notó que ellos también estaban nerviosos.

‒Él es un paramilitar de Puerto Libertador ‒dijo un guerrillero.

‒¡Yo no soy ningún paraco!, soy el sargento Heriberto Aranguren ‒dijo, y los insurgentes empezaron a llamar por radio para consultar qué debían a hacer.

‒Camine a ver por acá.

‒Si me van a matar háganlo aquí, no por allá donde no me encuentren.

‒No lo vamos a matar, desde hoy usted es prisionero de guerra.

A los tres meses de estar secuestrado, Aranguren empezó a sentir dolores de cabeza. Un enfermero lo sacó de la caja de madera para examinarlo.

‒Discúlpeme, Aranguren, pero ¿usted se masturba?

‒No no, yo no me masturbo ‒le respondió al enfermero.

‒Pues le va a tocar hacerlo, porque se le están subiendo los jugos a la cabeza ‒le dijo el enfermero. Aranguren recuerda la anécdota con humor.

‒Entonces, cuando mataban una vaca o un saíno, yo ahí mismo celebraba ‒dice Aranguren, sonriente y haciendo el gesto de escupirse la mano‒, porque como uno tenía que salir corriendo a toda hora, tenía que tener fuerzas, entonces uno se masturbaba sólo los días en que había buena comida porque sabía que iba a tener energía.


El sargento Aranguren fabricó en la selva cerca de 200 juegos de ajedrez.

A veces, en las noches, Aranguren recuerda que se excitaba al oír a lo lejos la voz de las guerrilleras. Pero nunca pasó nada con ellas. Hubo dos que se le insinuaron, pero él prefirió no arriesgarse. Un guerrillero, incluso, le ofreció a su novia. Él le había pedido consejo sobre cómo satisfacerla, y Aranguren recuerda con risas las caras del guerrillero cuando llegaron al tema del sexo oral.

‒Aranguren, vea, yo no pude hacerle nada a mi novia, y ella me dijo que quería meterse ahí al cajón con usted para que le enseñara ‒le dijo el guerrillero. La respuesta, de nuevo, fue negativa.

‒A mí el secuestro me sirvió para volverme mejor amante. Antes, uno llegaba con una vieja a un motel y era ahí rapidito, “a lo que vinimos”, como uno dice. Ahora, en cambio, me tomo mi tiempo, les doy un masaje. Todavía me acuerdo de la primera mujer con que estuve después del secuestro. Fue al mes de recuperar la libertad. Eso sí, yo le advertí: “mamita, con la luz apagada, porque yo empelota soy muy feo” ‒dice y se ríe. En su cuerpo tiene siete cicatrices de guerra.

‒Disculpe mi cabo ‒le dice a un compañero que está en la oficina. Aranguren se saca la camisa del pantalón y se lo quita. En calzoncillos, me muestra la cicatriz del tiro del AK47 que le destrozó el fémur‒. Yo soy muy orgulloso de mis cicatrices.

El 9 de febrero de 2001, el día del Acuerdo de Los Pozos, que desatascaba el proceso de paz entre el Gobierno Pastrana y las Farc, los tres soldados que acompañaban a Aranguren en el cajón fueron liberados. Él, por ser sargento, debía seguir en cautiverio. De allí fue conducido al municipio de Urrao, Antioquia, donde lo unieron al grupo de secuestrados donde estaba el Gobernador de Antioquia y Gilberto Echeverry. Esos fueron tiempos mejores. Ya no tenía que estar en el cajón y podían hacer más actividades. A las 5 a. m., Echeverry y Guillermo Gaviria oían el programa de radio Cómo amaneció Medellín. De 9 a. m. a 10 a. m., el Gobernador dictaba clase de inglés. Luego, hacían ejercicios, trotaban sobre un mismo punto y se bañaban en un río. A las 12 p. m. almorzaban y en la tarde jugaban voleibol, ajedrez y oían radio. Y peleaban.

‒Lo más duro del cautiverio fue la convivencia, porque todos queríamos hacer valer allá nuestra jerarquía militar ‒recuerda Aranguren. Gilberto Echeverry cuidaba que la convivencia fuera más llevadera. Tuvo que ponerle reglas, por ejemplo, al volumen de los radios. Todos oían sus receptores a la máxima intensidad y nadie podía oír nada. Pero muchas cosas se le salían de las manos. Un día, un soldado le pegó a otro con un tronco de palma macana en la cabeza porque le había dicho que el programa que oía era para locos.

‒Ese muchacho tenía problemas mentales de verdad, pobrecito, que en paz descanse ‒recuerda Aranguren. En otra ocasión, él mismo peleó con un teniente por el tema de la letrina, o chosno, como le decían en la selva. Cada tres días, se turnaban para abrir el hueco donde iban a hacer sus necesidades, pero ese teniente decía que a él no le correspondía por su jerarquía militar.

‒Cuando a mí me toque abrir el hueco, usted no va a cagar en él ‒le dijo Aranguren, quien recuerda que los guerrilleros se ponían felices cuando los veían enfrentarse.

‒¡A ver, vengan y dense golpes acá al frente de todos! A mí no me importa que se maten entre ustedes. ‒les decía alias ‘el Paisa’. Aranguren recuerda que él aprovechaba esos momentos para decirle a sus compañeros que se calmaran para no darle gusto al enemigo.


Esta fotografía fue tomada en el cajón donde Aranguren pasó los dos primeros años de cautiverio. Los guerrilleros le quitaron una de las paredes para fotografiarlo ahí.

Otra cosa difícil del cautiverio fue la comida. Muchas veces comían arroz o plátano solo, y se ponían felices cuando veían a un ratón en el campamento. Lo mataban con un garrote, le sacaban las vísceras, le arrancaban la piel y se lo entregaban a un guerrillero para que se los fritara.

‒Los guerrilleros siempre se le comían un pernil al ratón, pero no nos importaba. De comer arroz o plátano solo, comíamos plátano con ratón ‒recuerda‒. El saíno, el marrano de monte, era delicioso, y el venado. A veces oíamos a los perros de los guerrilleros correr y ladrar a las afueras del campamento y decíamos “un venado”. Y el perro regresaba con él en la boca, ya todo masticado. Siempre nos comíamos los sobrados de esos perros.

En una ocasión, Aranguren empezó a oír disparos. Una manada de monos machín pasó de rama en rama por encima del campamento y los guerrilleros los cazaron. Mataron a quince.

‒Fue lo más feo que comí en la selva. Hicieron un caldo de mico y eso sabía muy horrible. Pero lo peor fue una cosa que me dieron un día, un caldito que yo pensé que era café con leche, pero no: era caldo de cabeza de mono. En una olla echaron las quince cabezas durante días, hasta que el hueso se deshizo. Yo me tomé eso y empecé a sudar. El olor a mico salía por mi piel, y desde eso no se me volvieron a acercar los mosquitos. Dicen que ese es el mejor remedio para el paludismo ‒cuenta Aranguren. Me cuenta esa historia en un hoyo del campo del golf de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdoba. Esa historia, en ese escenario, suena más extraordinaria aún. A lo lejos, vemos a un pájaro acostado por completo en el green. Aletea y no levanta vuelo. Cuando nos acercamos para ver qué le pasa, vuela unos metros y cae en el lago del campo y aletea hasta llegar a la otra orilla. Se salvó, como Aranguren debajo de esa cama.

Cuando estuvo seguro de que los guerrilleros se habían ido, abrió los ojos, y a la derecha, a la altura de su cabeza, vio su pierna derecha. Pensó que el balazo se la había cortado. La tomó, la jaló, y sintió que todavía estaba pegado a su cuerpo. Entonces la tiró hacia atrás, giró su cuerpo y se arrastró por fuera de la cama con la ayuda de su pierna izquierda. Llegó hasta un frasco donde tenía agua, sentía mucha sed, pero sólo se mojó los labios, porque sabía que podía darle un infarto si bebía algún líquido. Oyó a los soldados hablar por megáfonos desde los helicópteros. En esa posición fue hallado por el Ejército. Lo subieron a una tabla y cuarenta minutos después alcanzaron el sitio donde los esperaba el helicóptero. Con él, también se salvó el suboficial de Infantería de Marina Agenor Viellard Hernández y el sargento viceprimero Pedro José Guarnizo Ovalle.


El suboficial de Infantería de Marina Agenor Viellard Hernández y el sargento viceprimero Pedro José Guarnizo Ovalle también sobrevivieron a la ejecución de los guerrilleros.

La vida empezó a tomar de nuevo su rumbo. Horas después de llegar a Medellín, reconoció la voz de Álvaro Uribe en el corredor de un hospital.

‒¿Cómo se siente, mi sargento? ‒le preguntó el Presidente.

‒Bien, mi Presidente, muchas gracias, señor Presidente.

‒¿Cuánto llevaba allá?

‒Cuatro años. Cuando sentimos los helicópteros nos recogieron en la casa que nos tenían y la orden era que si la tropa descargaba, nos mataban.

‒¿Y a sangre fría los mató? ¿La tropa disparó?

‒Ellos mataron a mis compañeros y salieron corriendo ‒respondió Aranguren. Tres días después, le llevaron a la cama del hospital el plato de comida con que había soñado en la selva: pizza hawaiana con malteada de fresa. Sin embargo, por la anestesia, no sintió el sabor. Los médicos decidieron no sacarle las balas de la cabeza porque corrían el riesgo de que perdiera la visión. Sin embargo, por los impactos perdió 60% de su capacidad auditiva. Por eso habla muy fuerte, para poderse oír, y no para de hablar. Por otro lado, su pierna derecha mide dos centímetros menos que la izquierda.


Las dos balas de AK47 partieron en dos el cráneo del sargento Aranguren. Todavía siguen en su interior. Si los médicos intentan sacarlas puede perder la visión.

‒Cuando salí del secuestro me dediqué a dar conferencias en colegios y en todo lado. No paro de hablar y de contar mi experiencia ‒dice. Incluso, en un viaje que hizo a Europa, terminó de escribir un libro con su experiencia. Quiere publicarlo, quiere que lo trasladen a Ibagué, donde se casó hace tres meses con una mujer que espera un hijo suyo. Allá tiene una casa que compró con un subsidio que le dio el Presidente Uribe por cuarenta millones de pesos. También quisiera empezar a estudiar Derecho. En la actualidad, trabaja en el Programa de Desmovilización del Ejército, donde habla con exguerrilleros y los convence para que den su testimonio en la emisora de las Fuerzas Armadas. Dice que nunca ha sentido rabia contra ellos gracias a un libro que le regaló la exministra de Defensa Martha Lucía Ramírez, El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, un psiquiatra judío que fue prisionero en varios campos de concentración nazis.

‒Al leer ese libro me di cuenta de que lo que yo viví fue una tontería. Mi parte favorita es cuando el protagonista visita a un amigo que también estuvo en los campos de concentración, y está muy enfermo. Él le pregunta “¿y ya perdonaste a los nazis?”, y él dice que no, y entonces le responde “entonces, amigo mío, todavía estás prisionero”.

martes, 19 de julio de 2016

Un proyecto de reciclaje colombiano fue reconocido por Google como uno de los mejores del mundo

Dos jóvenes antioqueños están detrás de un proyecto de basuras que, mediante la identificación visual de los residuos, indica el lugar en dónde debe arrojarse la basura. El proyecto fue finalista de la Google Science Fair de este año.


Manuel Escobar y Alejandro Rengifo, en su participación en la feria Intel en Estados Unidos / Cortesía

En las calles del municipio antioqueño de Bello, por lo normal, los jóvenes de 15 y 16 años suelen pasar su tiempo jugando picaditos de fútbol. Pero mientras que la gran mayoría jugaba con la pelota, tres muchachos pasaban tardes completas desarmando computadoras y aprendiendo de programación y este mes fueron reconocidos por Google por un proyecto tecnológico de alto impacto en la comunidad.

En el año 2013, cuando estaban en noveno grado, Manuel Alejandro Escobar, Alejandro Rengifo Gómez y Alejandro Quintero asistieron a la clase de Tecnología que dictaba el profesor Juan Carlos Briñez, en donde aprenderían conceptos básicos y útiles de informática. Sin embargo, el profesor, pronto se dio cuenta que en su salón había estudiantes que querían aprender mucho más. “Desde el primer día me di cuenta que ellos tenían una gran aptitud para las computadoras”, cuenta el profesor.

Ese año, el profesor de tecnología, formó unos pequeños grupos de trabajo para quienes quisieran profundizar en el tema de la programación y las computadoras. La idea era formar grupos de tres o cuatro estudiantes y que ellos trabajaran en un proyecto, algo que pudiesen desarrollar a lo largo del año escolar. Naturalmente, los tres jóvenes se inscribieron. Sin dudarlo.

“Al principio participábamos del semillero como un hobby, porque aprendíamos sobre computadoras y podíamos con eso ganar dinero”, dice Manuel. En el semillero, además de darles herramientas para que “se rebuscaran unos pesos”, Briñez les ponía retos semanales para que fuesen desarrollando sus capacidades y exigiéndose más en el tema de la programación. Hoy, tanto Manuel como Alejandro, y en parte gracias a su formación en tecnología en el colegio, estudian Ingeniería de Control, de Sistemas e Informática y Mecatrónica en la Universidad Nacional y el Instituto Tecnológico Metropolitano.

Dentro del grupo de trabajo, los muchachos, junto con su profesor, pensaron en una idea que ayudara a los habitantes de Bello a reciclar de manera adecuada. “Vimos que muchos de los esfuerzos que se hacen por el reciclaje se van al piso por una persona que lo hace mal y daña el todo el proceso”, dice Manuel. De esa manera, los jóvenes idearon un proyecto que logre dos cosas: un reciclaje efectivo y que además eduque a la gente en la forma como clasifica los residuos en las canecas de colores que hoy se han vuelto populares en colegios, oficinas y establecimientos públicos.

El dispositivo creado por ellos, que por ahora está en estado de prototipo, dice al usuario cuál es la caneca adecuada para depositar la basura. “El proyecto funciona bajo lo que se denomina visión artificial. Con una cámara web tomamos una foto del residuo, la procesa un algoritmo que la compara con una base de datos con imágenes de muestra previamente etiquetadas y este es capaz de decirnos en dónde lo debemos arrojar”, dice Manuel. El prototipo, por ahora, cuenta con solo tres canecas: latas, botellas y cartón.

Con esta idea, que fue reconocida por Google como una de las 100 propuestas más innovadoras del mundo y también una de las cinco finalistas de Latinoamérica, los jóvenes antioqueños han participado en diversas ferias de ciencia en Colombia, en dónde han ganado múltiples reconocimientos, y también en el exterior.

De hecho, Manuel y Alejandro viajaron este año a Estados Unidos, en compañía de Briñez, a presentar su proyecto de basuras en la Fería Internacional de Ciencia e Ingeniería de Intel (Intel ISEF, en inglés). Este viaje, según Manuel, no habría sido posible sin la ayuda de la rectora de su colegio, Aida Betancur, y del apoyo de las autoridades departamentales del municipio de Bello, quienes costearon los viáticos del viaje.

Motivados por el éxito que ha tenido su propuesta, Manuel y Alejandro, inscribieron su proyecto a la Fería de Ciencia de Google. Y fue muy grata la sorpresa porque, entre más de 1000 propuestas, la suya fue seleccionada como una de las finalistas y opcionadas para ganar el concurso.

Y aunque en esta oportunidad no lograron conseguir el premio, esto es, para Manuel, “una oportunidad para seguir enriqueciendo su proyecto”, aunque en este caso no habla del sistema de basuras. “Mi sueño es algún día trabajar para Google como desarrollador”, dice Manuel, algo que su profesor, Juan Carlos Briñez lo ve como algo “más que posible”.