lunes, 9 de noviembre de 2015

Problemas que afectan a San Antonio y Ureña​

En esas dos poblaciones venezolanas las ventas han caído 90 %, la industria 75 %, y el 70 % de los locales comerciales ha tenido que cerrar. El desabastecimiento de productos continúa.


“Son pueblos fantasmas”, “todos los días parecen un domingo por la tarde” son las expresiones que utilizan los habitantes y dirigentes de Ureña y San Antonio para describir lo que está sucediendo en esas dos poblaciones venezolanas después de dos meses y medio de haberse cerrado la frontera con Colombia.

Domingo Teres, presidente de la Cámara de Comercio de Ureña, manifiesta que “fue como si hubieran puesto un muro de Berlín que ha afectado todas las actividades socioeconómicas de la frontera”.

El 70 % de los locales comerciales de San Antonio ha cerrado por falta de clientes y artículos para vender, “hay días que no venden ni un bolívar, y peor ahora que el Gobierno ordenó el 30 % en el aumento del salario mínimo”, explica Isabel Castillo, presidenta de la Cámara de Comercio de esa localidad.

El problema para el comercio de San Antonio radica en que sus principales clientes eran colombianos; para Ureña, en que en el 90 % de sus 4.000 empresas aparecen colombianos como dueños o socios y la materia prima llegaba desde este lado de la frontera, tanto que la industria de ese municipio trabaja a solo un 25 % de su potencial.

Las ventas de los comercios en estos municipios, ubicados apenas cruzando los puentes internacionales desde Cúcuta, se han reducido cerca de un 90 % y para completar el Gobierno ordenó el cierre de las casas de cambio de la zona, por lo que no hay cambio entre bolívares y pesos. “Nos quieren obligar a cambiar a una tasa de 200 bolívares por dólar cuando está a 700 bolívares”, afirma un propietario que tuvo que cerrar su negocio después de más de 30 años en la actividad.

La afectación no es solo económica, sino también social. Unos 3.000 niños y jóvenes de esas poblaciones estudian en Colombia, por lo que todos los días tienen que ir caminando hasta los puentes, cruzarlos y subir a un bus que los transporta hasta los centros educativos. “Es un caos que la población civil está padeciendo. Los estudiantes y padres ya están agotados por la situación”, complementa Teres.

Además de las miles de familias que han quedado separadas y que no han podido verse por seis semanas, muchos enfermos se han visto perjudicados, pues viajaban a Cúcuta a recibir tratamiento médico especializado o recibían cuidados en sus casas por parte de especialistas colombianos.

El cierre también afecta a los viajeros al exterior, ya que los aeropuertos de Cúcuta y Bogotá se habían convertido en los terminales alternos al de Caracas, debido a que las aerolíneas internacionales han dejado de operar en ese país.

DESABASTECIMIENTO CONTINÚA

Lo que no entienden dirigentes ni ciudadanos es que el desabastecimiento de productos de primera necesidad, la razón principal para ordenar el cierre, todavía persiste.

Aparte de que hay que comprar en un día y supermercado específicos de acuerdo al número de la cédula, no se consiguen los productos de primera necesidad. “Las filas son de cuatro y cinco cuadras para comprar dos kilos de arroz y un atún. Ya hay gente que no tiene qué comer. En San Antonio ya se han muerto tres personas de infarto en las colas por el estrés y la tensión”, revela Castillo.

Y una de las pocas formas de subsistir para los pobres consiste en comprar dos bolsas de harina y vender una en el mercado negro, asegura un habitante de Ureña.

Por esto, le solicitan al gobierno venezolano que reabra la frontera para que la situación se normalice, eso sí, atacando el contrabando y la inseguridad. “Quieren acabar una zona que a los industriales y comerciantes nos ha costado mucho construir y que le ha dado mucha riqueza a Venezuela”, finaliza Castillo.

Un comerciante de San Antonio enfatiza que el problema es cuando se acaben los ahorros y no haya nada que hacer, “mis hijos siguen comiendo, yo sigo pagando impuestos, empleados, tengo obligaciones”.

El desespero comienza a sentirse en sus voces ante un futuro incierto, y lo único que quieren es que se abra la frontera nuevamente para que todos los días dejen de parecer un domingo por la tarde.

Pedro Vargas Núñez

Especial para Portafolio

Cúcuta

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